Desde el ascenso de los Estados Unidos a la condición de primera y, hasta hace bien poco, única e indiscutible potencia mundial, todos los estados se interrogan, de una u otra forma, sobre su relación con ese país, esa “república imperial” en la expresión de Raymond Aron, que ha definido, nos guste o no, el sistema de relaciones internacionales desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, conformando, a su imagen o contra su imagen, el mundo en el que vivimos desde el final de la segunda guerra mundial. España, por supuesto, no es una excepción a esa regla, y desde esos dramáticos años que acompasan la guerra civil y la segunda guerra mundial, nuestra política internacional, y con ella en buena parte la nacional, ha venido condicionada por el estado de las relaciones con el “amigo americano”, desde la visita de Eisenhower a Madrid en los años grises de la dictadura de Franco al referéndum sobre la OTAN de 1986, pasando por la Conferencia de Paz sobre Oriente Medio de Madrid o la polémica sobre la guerra de Irak.
Y, sin embargo, son prácticamente desconocidas las etapas iniciales de las relaciones entre España y los Estados Unidos, que se remontan a los primeros momentos del nacimiento del país norteamericano como estado independiente. En puridad, el mismo hecho del surgimiento de los Estados Unidos como nación libre y soberana, que en su caso significaba libre de la corona británica, se debe, en una parte para nada desdeñable, al apoyo diplomático y económico primero, y militar después, de la corona española a las 13 colonias que, tras rebelarse contra el gobierno de Su Majestad, el Rey de Inglaterra, tuvieron que combatir una larga y muy dura guerra de independencia (lo que allí se conoce como revolución americana, 1775-1782), hasta poder ver reconocido su derecho a existir como un estado libre, soberano e independiente.
Y precisamente en la génesis de las relaciones entre España y los Estados Unidos jugaron un papel fundamental, de parte española, dos personas, dos simples ciudadanos de a pie, Juan de Miralles y Francisco Rendón, que habían llegado a la América española desde la Península Ibérica para ocuparse de sus negocios y que, por circunstancias y casualidades de su tiempo, fueron enviados como “observadores” o “comisionados” de la corona española a los territorios controlados por los rebeldes americanos, sin que nunca hubieran podido imaginar la decisiva actuación que iban a desempeñar en el nacimiento como país independiente de las hasta entonces colonias británicas de Norteamérica. Por supuesto que la decisión sobre el apoyo español se originó en la muy bien engrasada maquinaria administrativa de la monarquía borbónica, en la que tuvo una participación clave el Consejo de Indias, y esa difícil decisión de que la monarquía española apoyara a los rebeldes americanos en su lucha contra el Rey de Inglaterra, se tomó tras innumerables informes, misiones, reuniones y despachos del monarca Carlos III con sus principales ayudantes y consejeros, pero el aporte de mucha de la información que condujo a ese momento, y gran parte de su aplicación efectiva sobre el terreno, correspondió a Miralles y Rendón, que hasta el comienzo de su misión a Norteamérica habían sido simples comerciantes de cierto éxito radicados desde mediados del siglos XVIII en La Habana.
El entonces Capitán General de Cuba y Gobernador de La Habana, Diego José Navarro, había recibido en 1776 la orden de gobierno español de enviar secretamente un comisionado a las colonias insurgentes de América del Norte, para que armado de “sagacidad, celo y prudencia” pudiera “internarse en dichas colonias, estar a la vista de cuanto ocurra en ellas, instruirse bien y avisar con las correspondientes precauciones...todos los sucesos de alguna importancia”, recayendo su elección en Juan de Miralles, “vecino de esta ciudad, de crédito, bienes y familia conocida”. En los momentos iniciales de la revuelta de las colonias casi nadie creía que Gran Bretaña, la nación más poderosa del mundo, pudiera ser vencida militarmente por unos desorganizados y mal armados rebeldes, por lo que tanto la corte de París como la de Madrid, aunque deseosas de resarcirse de las diversas derrotas que habían sufrido en los años anteriores a manos de los ingleses, titubearon en la posición a adoptar, más aún en el caso de España, que tenía su propio e inmenso imperio americano al que proteger de ideas y tendencias independentistas...Para saber con más certeza qué estaba ocurriendo en los territorios controlados por los partidarios de la independencia, para valorar qué medidas adoptar y qué pudiera interesar más a la corona hispánica es por lo que se manda a estos “comisionados”, hasta entonces comerciantes y mercaderes en el mar Caribe, a contactar con el Congreso Continental, en aquel tiempo la principal autoridad de los rebeldes.
Juan de Miralles se había trasladado desde España a Cuba en la década de 1740, donde ejerció de comerciante, figurando en 1.765 como solicitante del asiento de esclavos. Al comenzar la rebelión de las colonias contra Londres se cerró el ingente comercio de aquellas con Inglaterra, lo que fue rápidamente aprovechado por los comerciantes establecidos en las posesiones francesas, holandesas y españolas del Caribe, que llenaron el vacío dejado por los ingleses. Miralles fue uno de los comerciantes habaneros que más se benefició, y tejió una importante red de contactos con mercaderes, agentes y hombres de negocios norteamericanos que le habrían de ser de gran ayuda cuando, más tarde, fue comisionado por Navarro. Por su parte, Francisco Rendón había nacido en Jerez de la Frontera, aunque desde pequeño se trasladó a Cádiz, donde muy pronto estuvo trabajando con varias firmas que negociaban y comerciaban con las colonias españolas en América, pasando muy joven a vivir a Cuba, donde sirvió como secretario al servicio de Miralles de forma tan eficaz que éste lo incorporó, en esa misma condición de secretario, a su destino en el territorio rebelde.
La aventura continental de Miralles y Rendón dio comienzo el último día del año de 1.777, cuando zarparon de La Habana a bordo del buque “Nuestra Señora del Carmen”, llegando a Charleston, Carolina del Sur, el 9 de enero de 1.778 e iniciando de inmediato una larga marcha hacia el norte en busca del Congreso Continental. Iniciaba así una extraordinaria misión que en el caso de Miralles se extendería hasta su muerte, acaecida el 28 de abril de 1.780 en Morristown, sede del cuartel general del jefe militar de los rebeldes, George Washington, y que sería continuada por Francisco Rendón, nombrado comisionado tras el fallecimiento de Miralles, hasta el triunfo de los sublevados, la firma de la paz y la llegada del primer embajador plenipotenciario de España. Ambos hombres, Juan de Miralles y Francisco Rendón, desempeñaron una misión que marcó el inicio de las relaciones entre los nacientes Estados Unidos de América y España, aunque ninguno de los dos fue nunca acreditado oficialmente como embajador o ministro plenipotenciario de España ante los Estados Unidos de América. Tanto uno como otro fueron, según los precisos términos en los que se les encomendó su misión, agentes y comisionados de España ante el Congreso de los Estados Unidos, que durante todos aquellos años sesionó en varias ciudades del continente, principalmente en Filadelfia.
Y sin embargo, con las acciones que tuvieron que realizar para cumplir esa misión en unos complejos e intensos años, a veces cumpliendo precisas órdenes de Navarro en Cuba o de José de Gálvez, Secretario de Indias, en España, otras veces –la mayoría- improvisando y actuando a su mejor parecer, también ejercieron funciones diplomáticas, consulares, comerciales e incluso de espionaje, desarrollando una impresionante labor en defensa de los intereses españoles en la guerra que enfrentaba a la Gran Bretaña con las trece colonias de América del Norte, y a la que luego se sumaron Francia y España. Miralles y Rendón, simples ciudadanos, fueron así los peones avanzados de España en un gran juego político, diplomático y militar que se desarrolló entre 1775 y 1783, con Londres, París, Madrid y Filadelfia como centros principales de decisión y con numerosas operaciones militares en varios continentes y océanos. Con su decidida y personal actuación, con el ejercicio de su “sagacidad, celo y prudencia”, hicieron la aportación necesaria para defender y avanzar los intereses de su gobierno y, al mismo tiempo, ayudaron, a su manera y en el ámbito de sus posibilidades, al nacimiento de los Estados Unidos de América, un destino nada manifiesto para dos comerciantes de provincias de la España de mediados del siglo XVIII.
Y, sin embargo, son prácticamente desconocidas las etapas iniciales de las relaciones entre España y los Estados Unidos, que se remontan a los primeros momentos del nacimiento del país norteamericano como estado independiente. En puridad, el mismo hecho del surgimiento de los Estados Unidos como nación libre y soberana, que en su caso significaba libre de la corona británica, se debe, en una parte para nada desdeñable, al apoyo diplomático y económico primero, y militar después, de la corona española a las 13 colonias que, tras rebelarse contra el gobierno de Su Majestad, el Rey de Inglaterra, tuvieron que combatir una larga y muy dura guerra de independencia (lo que allí se conoce como revolución americana, 1775-1782), hasta poder ver reconocido su derecho a existir como un estado libre, soberano e independiente.
Y precisamente en la génesis de las relaciones entre España y los Estados Unidos jugaron un papel fundamental, de parte española, dos personas, dos simples ciudadanos de a pie, Juan de Miralles y Francisco Rendón, que habían llegado a la América española desde la Península Ibérica para ocuparse de sus negocios y que, por circunstancias y casualidades de su tiempo, fueron enviados como “observadores” o “comisionados” de la corona española a los territorios controlados por los rebeldes americanos, sin que nunca hubieran podido imaginar la decisiva actuación que iban a desempeñar en el nacimiento como país independiente de las hasta entonces colonias británicas de Norteamérica. Por supuesto que la decisión sobre el apoyo español se originó en la muy bien engrasada maquinaria administrativa de la monarquía borbónica, en la que tuvo una participación clave el Consejo de Indias, y esa difícil decisión de que la monarquía española apoyara a los rebeldes americanos en su lucha contra el Rey de Inglaterra, se tomó tras innumerables informes, misiones, reuniones y despachos del monarca Carlos III con sus principales ayudantes y consejeros, pero el aporte de mucha de la información que condujo a ese momento, y gran parte de su aplicación efectiva sobre el terreno, correspondió a Miralles y Rendón, que hasta el comienzo de su misión a Norteamérica habían sido simples comerciantes de cierto éxito radicados desde mediados del siglos XVIII en La Habana.
El entonces Capitán General de Cuba y Gobernador de La Habana, Diego José Navarro, había recibido en 1776 la orden de gobierno español de enviar secretamente un comisionado a las colonias insurgentes de América del Norte, para que armado de “sagacidad, celo y prudencia” pudiera “internarse en dichas colonias, estar a la vista de cuanto ocurra en ellas, instruirse bien y avisar con las correspondientes precauciones...todos los sucesos de alguna importancia”, recayendo su elección en Juan de Miralles, “vecino de esta ciudad, de crédito, bienes y familia conocida”. En los momentos iniciales de la revuelta de las colonias casi nadie creía que Gran Bretaña, la nación más poderosa del mundo, pudiera ser vencida militarmente por unos desorganizados y mal armados rebeldes, por lo que tanto la corte de París como la de Madrid, aunque deseosas de resarcirse de las diversas derrotas que habían sufrido en los años anteriores a manos de los ingleses, titubearon en la posición a adoptar, más aún en el caso de España, que tenía su propio e inmenso imperio americano al que proteger de ideas y tendencias independentistas...Para saber con más certeza qué estaba ocurriendo en los territorios controlados por los partidarios de la independencia, para valorar qué medidas adoptar y qué pudiera interesar más a la corona hispánica es por lo que se manda a estos “comisionados”, hasta entonces comerciantes y mercaderes en el mar Caribe, a contactar con el Congreso Continental, en aquel tiempo la principal autoridad de los rebeldes.
Juan de Miralles se había trasladado desde España a Cuba en la década de 1740, donde ejerció de comerciante, figurando en 1.765 como solicitante del asiento de esclavos. Al comenzar la rebelión de las colonias contra Londres se cerró el ingente comercio de aquellas con Inglaterra, lo que fue rápidamente aprovechado por los comerciantes establecidos en las posesiones francesas, holandesas y españolas del Caribe, que llenaron el vacío dejado por los ingleses. Miralles fue uno de los comerciantes habaneros que más se benefició, y tejió una importante red de contactos con mercaderes, agentes y hombres de negocios norteamericanos que le habrían de ser de gran ayuda cuando, más tarde, fue comisionado por Navarro. Por su parte, Francisco Rendón había nacido en Jerez de la Frontera, aunque desde pequeño se trasladó a Cádiz, donde muy pronto estuvo trabajando con varias firmas que negociaban y comerciaban con las colonias españolas en América, pasando muy joven a vivir a Cuba, donde sirvió como secretario al servicio de Miralles de forma tan eficaz que éste lo incorporó, en esa misma condición de secretario, a su destino en el territorio rebelde.
La aventura continental de Miralles y Rendón dio comienzo el último día del año de 1.777, cuando zarparon de La Habana a bordo del buque “Nuestra Señora del Carmen”, llegando a Charleston, Carolina del Sur, el 9 de enero de 1.778 e iniciando de inmediato una larga marcha hacia el norte en busca del Congreso Continental. Iniciaba así una extraordinaria misión que en el caso de Miralles se extendería hasta su muerte, acaecida el 28 de abril de 1.780 en Morristown, sede del cuartel general del jefe militar de los rebeldes, George Washington, y que sería continuada por Francisco Rendón, nombrado comisionado tras el fallecimiento de Miralles, hasta el triunfo de los sublevados, la firma de la paz y la llegada del primer embajador plenipotenciario de España. Ambos hombres, Juan de Miralles y Francisco Rendón, desempeñaron una misión que marcó el inicio de las relaciones entre los nacientes Estados Unidos de América y España, aunque ninguno de los dos fue nunca acreditado oficialmente como embajador o ministro plenipotenciario de España ante los Estados Unidos de América. Tanto uno como otro fueron, según los precisos términos en los que se les encomendó su misión, agentes y comisionados de España ante el Congreso de los Estados Unidos, que durante todos aquellos años sesionó en varias ciudades del continente, principalmente en Filadelfia.
Y sin embargo, con las acciones que tuvieron que realizar para cumplir esa misión en unos complejos e intensos años, a veces cumpliendo precisas órdenes de Navarro en Cuba o de José de Gálvez, Secretario de Indias, en España, otras veces –la mayoría- improvisando y actuando a su mejor parecer, también ejercieron funciones diplomáticas, consulares, comerciales e incluso de espionaje, desarrollando una impresionante labor en defensa de los intereses españoles en la guerra que enfrentaba a la Gran Bretaña con las trece colonias de América del Norte, y a la que luego se sumaron Francia y España. Miralles y Rendón, simples ciudadanos, fueron así los peones avanzados de España en un gran juego político, diplomático y militar que se desarrolló entre 1775 y 1783, con Londres, París, Madrid y Filadelfia como centros principales de decisión y con numerosas operaciones militares en varios continentes y océanos. Con su decidida y personal actuación, con el ejercicio de su “sagacidad, celo y prudencia”, hicieron la aportación necesaria para defender y avanzar los intereses de su gobierno y, al mismo tiempo, ayudaron, a su manera y en el ámbito de sus posibilidades, al nacimiento de los Estados Unidos de América, un destino nada manifiesto para dos comerciantes de provincias de la España de mediados del siglo XVIII.
Interesante sumergirse en el inicio de las democracias modernas... a ver si nos sirve para los tiempos que se avecinan y dónde tendremos que volver a viajar para recuperar el rumbo... un abrazo y ánimo con el Blog
ResponderEliminarLa información es curiosa y no muy conocida. Me atrevo a recomendar que los textos no sean tan largos para agilizar su lectura.Ánimo y aupa Athletic¡¡¡
ResponderEliminarInstructivo Enrique. Sabes que me gusta la historia. Tengo un par de preguntas: Nuestra querida nación, era colonizadora como lo fue la Gran Bretaña, ¿no fue nuestra actuacion contraria a los intereses de un país colonizador defendiendo a la corriente independentista?. Y mi segunda pregunta, ¿valoró realmente USA nuestra cooperacion?. Si echamos un vistazo a lo que pasó un siglo o dos siglos después, ¿no crees que hemos estado bastante abandonados a nuestra suerte?. Son reflexiones en voz alta, lo mismo estoy equivocado. Un abrazo desde Sevilla, y enhorabuena por tu iniciativa.
ResponderEliminarConsidero que España hizo lo que tenía que hacer en su momento.
ResponderEliminarUn tema anexo es el territorio de Florida que España tuvo que ceder a Gran Bretaña por el Tratado de París de 1763, no soy experta en estos asuntos, lo que me gustaría decir a propósito de algo que señala Sergio SCF, si valoró realmente USA la cooperación, en 1898 terminó la guerra hispanoestadounidense : la historia es compleja y entender en la distancia del tiempo los acontecimientos no es tan fácil.
Saludos